En Agosto de 2011, a través de pajarosló editora - colección beya (edición limitada para suscriptores de la revista Plebeya), circularon entre sus primeros lectores algunos fragmentoides de La Gran Comedia Esotérica, bloque exterior respecto a cualquier adjudicación prosaísta o versaria, sólo interior a su procesualismo en abanicos: clicks de novela, clanks de ensayo y cracks de poesía. Desorganizado en diversas secciones o palacios, incluye -estallada- la novela psy-fi Tar-Tara-Zain.
SECCIÓN UNO
(1:20)
En el mezzanine de esa caja de pick-up Ford, barquinando por los médanos, compartimos el primer rapto, sin embargo retraído, al viajar a un metro del cuerpo de aparición de Isfandarmuz, sentada sobre una arpillera.
Iba, decían, con el chamán del Cabo, una especie de yac de pelo largo, casi carismático; pero ella nos miraba y sonreía ocultada por el chiquetazo a ventarrones de su largo turbante.
No sabíamos si estaban disfrazados de árabes o si habían entrado espectacularmente a un autobjetivo delirio saudí. Pero ella aventajaba cualquier barrunte, nos lo hacía añicos: dominaba por irradiación la oniroplastia del sucundún por las arenas.
De pronto la camioneta paró porque bajaban ellos dos hacia su choza en el desierto, que no se veía.
Sí: era la acompañante de un yac.
La ví alejarse llevando de la soga al animal undular ... ella se iba apelotonando hacia los cuernos del yac, ambulativos se hacían de a poco del entorno, y desaparecieron apareciendo como otra cosa, en el acto: un arbusto y un ovillo, o la luna y un palo.
//Isfandarmuz te incurva cada hilo de zekr que voltaiza entre hemisferios.//
(…)
(1:40)
Ni bien arribados al hawaicama, escorados junto al trago rosicler de butiá y sandías, Sérgico me alcanza una cita en su bandeja: "La rueda de las formas, girando con lentitud alucinada, en el hechizo del tiempo paradisíaco".
La cita es del paisaje, y sin embargo sé de dónde la lee.
En coro con el vagido de la orilla Lume le grita a Vio y le responde un fumarel en una pata: su laberinto de Chartres es toda la orilla (es nuestro maizal).
Comerciando especias le devuelvo a Sérgico una cita del hábitat: "La transformación de la oscuridad en espiral, de la espiral en círculo, del círculo, al romperse, en playa infinita o en bosque total".
Me estiro sobre la arena hasta la sandía para lamer las feculencias de las semillas, sismo vasculoso del que ordeñamos los fraseos.
"Esta lactación es una ladronía", esgrime el fumapipas de Sérgico mientras otea con ganas, lo sé, la escoba que empuña Vio, tratando de hacer entrar en un solo agujerito sobre el suelo de la tapera, del tamaño de una pulga haciendo abdominales, toda la arena que el desierto le insufla a la madera, empezando cada mediodía por la que abunda entre las ojotas.
Esa tarea, cuando habla, es el toque de siesta de la bruja: truca la limpieza por la tarde empieza.
Así es como de a poco nos entregamos a la asación del maizal en Chartres.
(…)
(1:00)
Hacia las dos de la madrugada los ingenieros astrales intermiten cerca, unas fibras micro-robóticas a base de fotismos y cromosomas, de cinco a seis cabezas de alfiler en asterisco, deslizándose de una punta a otra de la techumbre de guano. Se los oye pasar de un alero al otro, en un bisbiseo electrófago de enjambre.
Esos androides, cuando alineados a un ojo imponderal o epidérmico, habilitan una entrada en fisiología gracias a un súbito empalme de fístulas. De a poco surgen los meridianos de una ingeniería ipso facta, los encajes de calcio de las ciudadelas médicas.
Esto implicó, al menos para quienes participamos del período espacial de la EEVAV, una primera introducción a la acupuntura de la Tierra (o lo que de tierra le corresponda a nuestras moléculas de agua).
(…)
(0:50)
Horas más tarde nos visita Al-Khizr (el Kadhir, u Hombre Verde de los sufís) con la primera pleamar del plenilunio, desmontando perlé y escamas de su tabla-o-Pez.
También cabe anotar el arribo de la otra entidad del enquemante lar: el color, virando de celeste Hockney a azul Klein y viceversa, durante toda la tarde según la explosión del oleaje.
Entre surfers de la percepción ( = hijos de la viuda) se entienden: bañarse en el color-ahora es la ola que más trepa. Después el jugo pía a naranja entre los dedos.
(…)
(0:50) En la Luna éramos negros. Con una piel más negra que la de las pizarras. Y sin embargo suave y lisa como el lino. Sin órganos, sin entrañas, un espacio oscuro con circuitos de strass. Esa pizarra magnética era en realidad una cinta -la cinta de cassette de nuestras siluetas- que tomaba de un sol que la insolaba lunarmente, por el lado negro del sol, de sus rayos invisibles y recolectables.
“Máquinas de los tótems”, nos habrán llamado los primeros evadánicos aphro, al entrever nuestras siluetas quietas y acuclilladas en el entorno de las palmeras, cintilando en la brisa. Palmerasmos súbitos y netos contra el firmamento, el carbón de la obra del glam nocturno de Rio de Janeiro.
SECCIÓN DOS
(1:55)
Yo estaba con mi turbante atado y fui invitado a cubrirme el rostro con el turbante, a la manera de un velo; ese velo sin embargo, no era un velo de ocultamiento sino a partir del cual me percibía en el núcleo.
Así se otorga el Turbante de la Luna y a veces su Capa: “Cuando la veas a través del velo, verás una Cruz de Luz. Por esa Cruz entran y salen las almas de la Tierra, una cruz arcangélica en la Luna. Por el mismo truco se deja ver que la Luna es la primera máscara que se da y se corre.
Cuando se corre hacia arriba, portada en una tecla de abanico, amanece por detrás la tecla de abanico del Sol, para después también correrse, como lentes o lentillas de una señal ferroviaria o máquina manierista, mientras que el tercer celofán o máscara es la Estrella. Cada una de ellas modulaciones del esplendor del que son maneras de ralentamiento.
Hacia Nur al-Nur se va velado con el Turbante de la Luna, se avanza con rostridades de astro (primero de Luna, después de Sol, después de Estrella). Se avanza enmascarado no sólo hacia el mundo, sino hacia el Esplendor, con el manto de la Luna, con el del Sol, con la capa de la Estrella. El velo no oculta ni retira: permite captar la transparencia atravesando los mantos, flujo de una sangre op que no es sangre ni es roja, pero porta células traslúcidas a través una corriente que regala, por capilaridad, otro velo para la danza del sereno.
Aceptarse en ese silencio no es quedarse dormido. Nos ofrecemos como la continuidad que le da de hablar a los vagidos.
En la noche hay un Grillo que no es de la Tierra, que no anida en esta Tierra, hay un Grillo que es del aire, que gira en el aire como gira su sonido, un ángel-grillo del Gran Oido, con algo de brasa o candela, que atraviesa a los demás grillos y les brinda su Fuego. Anoche lo contemplamos."
(…)
(1:30)
Los espacios de las aves y animales, las juntidades del bichema, no se configuran por territorialidades sino por zonaciones de proyección de sí a su alrededor, en el perímetro de su alcance imponderal. Allí su ventaja y don: urdir la totalidad de sus cuerpos a traves del alcance invisible de esos hilillos finísimos casi siempre nocturnos.
Así el origen de un tabú actuante, en esta magia de las dunas, no es una prohibición ni una frontera, sino una liturgia sostenida y co-lindante a una indicación difusa y musitadora, diluida noche a noche en el entorno.
La vida es este enigma tremebundo de la reverberancia de las conciencias, un cantoreo que se escurre para abismarse entre otras conciencias de otros intermundos cantantes.
Capto la punta de un sonido en su triqueteo muy cerca, de un sonido iniciado muy lejos en espacios y tiempo: cada tric-trac rama en la tric-trac trama de la texturia que orino. Para toda esta psicurgia al ras nos sirve de ejemplo radiónico la mantis: allí donde cae, reza.
Porque primitivamente (anteriormente) los pueblos nacen al ras, en los sobrepujamientos de arena y viento. Micropoblaciones de arena y viento. Arena y viento es el constructivismo a chispas del silicio, el cuarzo y el yeso. De allí que nuestro tabú actuante nos depare este plató selenita.
(…)
(1:00)
. . . sensibles a la incurvación de la capa (pulsor del comediante suelto): dando de hablar entre los matos a varias piezas del experimento.
Una aparece tras el enebro, muy oscura bajo la luminaria pronunciando un discurso combinado a una danza de tres piernas, saliendo y entrando de un arbusto. Después pasa un globo muy rápido y una liebre cambia de andarivel a pocos metros por el sendero, los múltiples pétalos o triángulos que hay para oler, levantar, volver a esparcir.
Una libélula mira a Zivo al reacomodarse el turbante junto a una hoja, rogándole que siga con su chiste.
Ahora bien: Venus o quien firma allá abajo a ras de horizonte mientras descendemos, va siendo esa belleza melenar y rotatoria sobre el océano, hacia el que nos enviamos, con la claque, tras la salida del laberintío vivo. Al alba, una vez junto al agua, temblamos de devoción y humedad frente a unas olas lentísimas (ahí deponemos los antifaces): “Si esto es la Raza de las Playas, será uno de sus momentos, al enhebrársenos el manto de las palabras bajo el agua”.
Elif-Ha
